PEDRO LÓPEZ LÓPEZ: «El capitalismo está demostrando ser incompatible con los derechos humanos»

Pedro López López en su domicilio

Pedro López López en su domicilio

ELVIRA DE MIGUEL

PEDRO LÓPEZ  LÓPEZ, profesor de la Facultad de Ciencias de la Documentación en la Universidad Complutense de Madrid y activista en organizaciones internacionales en pro de la defensa de los derechos humanos, acaba de publicar el libro ÉTICA Y DERECHOS HUMANOS PARA BIBLIOTECAS Y ARCHIVOS. “El término terrorismo se está usando para intimidar a la disidencia. Se trata de confundir a la opinión pública, restar apoyo a los movimientos sociales y facilitar la represión. El capitalismo está demostrando ser incompatible con los derechos humanos», afirma.

Pregunta.- El título de su libro Ética y derechos humanos para bibliotecas y archivos no parece hacer justicia al contenido del mismo. En su obra repasa la situación actual  de los derechos humanos en el mundo  y cómo la ética de un colectivo profesional puede mejorar la gestión de un sector. ¿Es tan catastrófica la situación de los derechos humanos en el mundo? ¿Qué pueden hacer los profesionales?

Respuesta.- Efectivamente, la situación de los derechos humanos en el mundo no es precisamente halagüeña. Si un extraterrestre nos visitara no podría entender que en un planeta que cuenta con recursos para alimentar y cubrir las necesidades básicas del doble de la población actual, tenga a más de la mitad de sus habitantes viviendo en condiciones miserables; o que cada 5 segundos muera un niño de hambre… Todo esto, cuando el gasto mundial en armas supera en 90 veces al destinado a la lucha contra el hambre.

En mi opinión, cualquier colectivo debe tener una ética que oriente cómo se deben hacer las cosas. Creo que, ante todo lo que estamos viendo en España y fuera de ella, es una demanda de la ciudadanía, y, a la larga, eso redunda en beneficio de todos.

Ya sabemos, porque la historia nos lo ha contado, que la actitud de “yo sólo cumplía órdenes” llevó a millones de judíos a los campos de concentración y a su asesinato después. Hoy también cumplir determinadas “órdenes” supone una condena de muerte para muchos inocentes. Por ejemplo, sin ir más lejos, las que cumplen  los ingenieros y arquitectos españoles que trabajan en Chile  para la empresa Endesa que preside el empresario español Borja Prado Eulate ( hijo del polémico Manuel Prado y Colón de Carvajal, el intendente del Rey que fue condenado por el caso KIO) y que  construye la represa hidráulica que está expulsando de sus tierras a los indígenas, sus legítimos dueños. Yo me pregunto en qué pensarán esos ingenieros y arquitectos españoles que asumen esas órdenes cada vez que cae asesinado alguno de los líderes indígenas que protestan contra el expolio que Endesa está llevando a cabo.

Sin duda, los profesionales con conciencia representan un importante obstáculo contra cualquier situación de injusticia. Fuera y dentro de España se están cruzando líneas rojas que suponen una tremenda poda a los derechos de millones de personas…Y el asunto tiene sus consecuencias; en España, desde 2008,  el suicidio se ha convertido en la principal causa de muerte violenta, por encima de los accidentes de tráfico. Hay que tener en cuenta que entre 2007 y 2012 ha habido 400.000 ejecuciones hipotecarias, paso previo al desahucio, que el desempleo afecta a casi 6 millones de personas… No podemos quedarnos de brazos cruzados, mirando hacia otro lado.

P.- ¿Qué papel tienen los bibliotecarios en la defensa de estos derechos? ¿Qué aporta la ética?

Los bibliotecarios trabajan en espacios donde se facilitan algunos derechos fundamentales, como el derecho a la educación, a la cultura y a la información. Las bibliotecas y los archivos tienen un importante papel en la defensa de la democracia y los derechos humanos. Como colectivo debemos hacernos oír en el a veces abusivo enfoque de la propiedad intelectual que choca con  el derecho de los ciudadanos a la información y la cultura. Hoy vivimos en continuos dilemas. ¿Es aceptable negar esos derechos a un niño porque su madre vaya vestida a la biblioteca con burka?

Tampoco es la primera vez que la Guardia Civil visita una biblioteca  para pedir información sobre alguno de los usuarios. La buena noticia es que, a pesar de la presión que estos profesionales puedan recibir por parte de las autoridades, cada vez son más los bibliotecarios que se niegan a facilitar información sobre usuarios si la demanda no viene acompañada por una orden judicial.

La ética aporta valores por los que orientarse. Actualmente la ética ha desaparecido por completo del mercado, que sólo responde ante su propia lógica. Ya hemos constatado que esa lógica nada tiene que ver con las necesidades humanas a las que precisamente sí atienden los servicios públicos.

P.- Muchas bibliotecas en EEUU son, curiosamente, públicas. Socialmente están consideradas como las catedrales del saber y las ideas, algo que, desafortunadamente, no ocurre en España. Ahora aquí se empiezan a privatizar algunos de los servicios que prestan las bibliotecas públicas. ¿Cómo les están afectando estos recortes? 

R.- En las mayoría de los casos lo que ocurre es que el servicio que recibe el ciudadano es peor. La oferta cultural cada vez es más reducida.

En la Biblioteca Nacional, por ejemplo, se han  externalizado algunos servicios. Los profesionales que hacen estas funciones están en peores condiciones laborales; mal pagados, trabajan a destajo. Con frecuencia es necesario repetir de nuevo algunos de estos encargos. De esta forma el ciudadano, sin saberlo, acaba pagando por el mismo servicio dos veces. No es cierto que privatizar suponga un ahorro.

Muchos ayuntamientos, sobre todo si están gobernados por el PP, se están apuntando a esta “moda” de externalizar servicios de sus bibliotecas y archivos.

P.-  Hay quien piensa que el sector privado es más eficaz en la gestión de los recursos…

R.- El servicio público que se privatiza se deteriora porque el criterio de fondo cambia. Al privatizar, ya no se trata de atender algunas de las necesidades básicas del ciudadano (como son el derecho a la información y a la cultura, que, además, ya está pagando con sus impuestos en el caso de bibliotecas y archivos), sino de obtener un beneficio para una empresa. No parece razonable dejar los servicios públicos a la lógica de empresa-cliente, porque los intereses mercantiles distorsionan el funcionamiento de servicios fundamentales como la sanidad, la educación, el transporte o la cultura. En la gestión privada una parte, y no precisamente pequeña,  ha de ser ganancia para el empresario. Vivimos en una sociedad que privatiza los beneficios  y socializa los costes, sobre todo si estos últimos son de los bancos.

P.- Es usted un experto en Derechos Humanos, además de activista defensor de los mismos. ¿Cuáles son las violaciones a estos derechos más extendidas en el mundo?  ¿Qué está condicionando actualmente la situación de los derechos humanos? 

R.- La pobreza y la situación de la mujer son las violaciones más extendidas de los derechos humanos en el mundo. Estas situaciones vienen de muy lejos en el tiempo. Actualmente la forma en que se está gestionando la globalización y la lucha contra el terrorismo son los dos elementos que más están modificando y cercenando libertades y derechos. Además, la globalización económica supone un modelo de crecimiento que desprecia la sostenibilidad ambiental y pone en grave riesgo el futuro del  planeta.

En la Conferencia Mundial de Derechos Humanos de Naciones Unidas, celebrada en Viena hace 20 años,  se dejó claro que ningún argumento puede justificar restricciones de las libertades. Pero desde los atentados del 11-S, en nombre de la lucha contra el terrorismo, no dejan de recortarse libertades.

P.- Nos cuenta también en su libro  que la lucha contra el terrorismo capitaneada por EEUU ha producido muchas más muertes y recortes de derechos y libertades que el propio terrorismo. En Occidente la propaganda política induce a la población a ver a los inmigrantes y a ciertos colectivos como terroristas en potencia. ¿Quién se beneficia de esta situación?

R.- Los estados y otros poderes que patrocinan políticas neoliberales, es decir, que defienden la obtención del máximo beneficio para las empresas y las élites económicas a costa de recortar los derechos de los ciudadanos.

El término terrorismo se está usando, entre otras cosas, para aumentar el temor y los prejuicios y para intimidar a la disidencia. Se trata, en definitiva, de confundir a la opinión pública, restar apoyos a los movimientos sociales y facilitar la represión. Un claro ejemplo lo tenemos en España cuando la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, dijo que la Plataforma de Afectados por la Hipoteca tenía vínculos con ETA. El mundo al revés: nuestros representantes políticos, que reciben su sueldo para ser los principales valedores y promotores de nuestros derechos, haciendo el caldo gordo a los bancos responsables de las estafas y tildando de delincuentes a quienes nos defienden de modo altruista.

P.- Me han sorprendido en su libro los datos que aporta sobre la poco conocida Organización Mundial de Comercio. ¿Qué es y qué papel cumple en esta situación que estamos viviendo en todo lo relacionado con la privatización de bienes comunes y servicios públicos?

R.- La Organización Mundial de Comercio (OMC) es la organización que más peso tiene entre los organismos internacionales y ha desplazado a la ONU, que está siendo vaciada de funciones en materias como educación y otros servicios públicos. La OMC, que es de los organismos internacionales que más eficazmente funcionan,  propugna la privatización de los servicios públicos. De ella emanan los procesos de privatización que se están generalizando en todos los países que suscriben sus acuerdos. Es la sucesora del GATT, el foro internacional que se impulsó al acabar la Segunda Guerra Mundial para regular el comercio mundial. Su pretensión es mercantilizar toda actividad humana y todo lo que da la naturaleza hasta límites inimaginables (el agua, por ejemplo, ha pasado de ser considerada un bien público a un bien económico). Esto se encuentra en la naturaleza misma del capitalismo, que está demostrando ser incompatible con los derechos humanos.

Las decisiones que toma la OMC  no se someten a ningún debate en los parlamentos de los países miembros. Apenas se informa a los ciudadanos del funcionamiento de este organismo a pesar de lo mucho que afectan sus acuerdos a toda la población. Esto no parece casual.

P.- A las políticas de ajuste estructural responden ya muchos especialistas sustituyendo la palabra crisis por estafa. Afirma en su libro que se va abriendo paso el concepto de “crimen económico contra la humanidad”. ¿Qué puede hacer el ciudadano de a pie para que los representantes de las instituciones financieras y especuladoras responsables paguen por el sufrimiento de las familias que se quedan sin casa, los jubilados que pierden los ahorros de toda su vida, las personas que quedan fuera del sistema sanitario…?

R.- Estamos acostumbrados a dejar la cosa pública en manos de políticos, sindicalistas, las Ong…Es necesario que los ciudadanos nos impliquemos más para mantener los derechos humanos que se conquistaron durante el siglo XX. Hay que estar encima de los políticos. Nos están robando los derechos y el dinero de nuestros impuestos. Cada uno de nosotros, desde su actividad profesional o desde el sitio donde vive, puede hacer algo. Los derechos humanos también suponen obligaciones. Si la democracia se está deteriorando, gran parte de la responsabilidad es nuestra por permanecer pasivos ante este deterioro.

A veces es imprescindible dejar de ser obedientes. Un buen ejemplo para mí son un colectivo de bibliotecarios norteamericanos  que desafiaron a la Patriot Act. No les parecía ético facilitar información sobre determinados usuarios, a pesar de las muchas presiones que recibieron del FBI. Con su comportamiento íntegro lograron que la opinión pública se diera cuenta de la situación que se estaba viviendo y que los tribunales les dieran la razón. Escribieron un manifiesto en el que decían:

 “Estamos convencidos de que nuestra historia prueba que ninguna constitución es suficiente por si sola para proteger los derechos y las libertades; sólo la rebelión ciudadana contra cualquier intento de restricción de sus derechos es capaz de defenderlos con plenitud.”.

Escenarios distópicos que parecen sacados de una obra de Orwell están ocurriendo en todas partes y sólo la resistencia de los ciudadanos podrán detener estas situaciones.

P.- Con lo que sabe sobre la continúa violación de los derechos humanos en el mundo, ¿puede usted dormir a pierna suelta? 

R.- Siempre he sido un poco insomne, pero ahora, ver cada noche cómo mucha gente busca entre la basura para poder comer al día siguiente, no me ayuda a dormir mejor.

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Como he llegado hasta aquí

 

Con este panorama, aquí sigo, tejiendo y destejiendo, como una moderna Penélope, consternada por el comportamiento de los que están destruyendo nuestra Ítaca, repartiéndose sus despojos a causa de la larguísima ausencia de quien debía poner coto a tanto atropello.

Como soy una optimista nata, a pesar de ser tan descreída, no he perdido la esperanza de que algún día retorne al pueblo la fuerza y la cordura de nuestros héroes. Y he decidido empezar este blog para soltar al océano digital, de cuando en cuando, como si se tratara de mensajes de auxilio en una botella, conversaciones con pensadores capaces de hacernos reflexionar críticamente sobre lo que nos rodea. Estoy segura de que los Ulises que todos llevamos dentro no pueden estar muy lejos, aunque anden muy distraídos con cantos de sirenas. Sólo su vuelta nos permitirá recuperar el sueño que hoy tantos hemos perdido.

Hasta octubre de 2012 trabajé durante más de una década como responsable de comunicación de un grupo editorial, donde tuve la suerte de compartir todo ese tiempo con brillantes intelectuales. Sufrí un ERTE (ERE temporal) que ha acabado siendo un ERE definitivo, justo un año después. Ya somos  más de 27.400 periodistas (según datos recogidos hasta enero pasado) los que engrosamos las listas de parados de los que, ¡oh casualidad!, el 64% somos mujeres. Me he matriculado  en la Escuela de Arte 10 de Madrid en la especialidad de Arte textil. Que las musas nos acompañen y transmitan el conocimiento de lo eterno. Y si no, al menos, que nos ayuden a seguir cultivando la paciencia.

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ENRIQUE GONZÁLEZ DURO: «La Psiquiatría ha estado siempre unida al poder en España»

Enrique González Duro en su domicilio.

Enrique González Duro en su domicilio.

ELVIRA DE MIGUEL

ENRIQUE GONZÁLEZ DURO, uno de los psiquiatras más destacados de nuestro país y prolífico escritor, acaba de publicar sus memorias en Amazon. Es la historia de un médico consagrado durante más de 30 años a defender los intereses de los pacientes en la sanidad pública, donde hasta hace poco se atendía a cualquiera que lo necesitase, sin tener en cuenta el grosor de su cartera. «En España, el ejercicio de la psiquiatría ha estado siempre unido al poder y se ha tratado más como una cuestión de orden público que de salud mental. Esperemos que haya fuerzas contrarias para no volver a situaciones delirantes», afirma.

Pregunta.– Usted comenzó a ejercer la profesión de psiquiatra con Franco aún en el poder, cuando la psiquiatría todavía era una disciplina marginal y la seguridad social no reconocía la enfermedad mental salvo en el ámbito ambulatorio. Solo la beneficencia se encargaba de los pobres que «debían» ser encerrados. ¿Cómo le llegó la vocación por atender a los locos?

Respuesta.– Es de estos enfermos de quienes más he aprendido en mi vida, tanto en lo relativo a cuestiones técnicas psiquiátricas como humanas. Pero la verdad es que la vocación de psiquiatra me llegó tarde. De adolescente quería ser director de cine. Desde niño leía todo lo que caía en mis manos y siempre que podía iba a ver alguna película porque, a pesar de la censura, en España en la década de los cincuenta el cine era el único alimento espiritual con que contábamos. Nos gustaba especialmente el cine americano porque presentaba unos mundos que a los españoles nos parecían el paraíso; los actores y actrices nos permitían soñar con vidas que ni de lejos podíamos disfrutar.

Debo decir también que tuve la suerte de librarme, hasta los 10 años, de la escuela franquista, de su disciplina y de la terrible opresión religiosa que imperaba entonces en la enseñanza. Estuve enfermo la mayor parte de mi infancia. Sin pisar la escuela, pasé el examen de ingreso para hacer el bachillerato con muy buenos resultados. Al acabarlo, como mi padre era médico y no me atrevía a decirle que quería dedicarme al cine, me matriculé en Medicina en la Facultad de Granada pensando que, cuando terminase, podría irme a Madrid y entrar sin dificultad en la Escuela de Cine. En cuanto finalicé los estudios de medicina me presenté al examen de ingreso, pero hubo un aluvión de gente, entre otros, Alfonso Guerra al que, como a mí, también suspendieron. Así que ya en Madrid, y con la carrera de medicina acabada, empecé la especialidad de psiquiatría, que me resultó apasionante.

P.– ¿Cómo ha variado el papel social del psiquiatra? ¿Cuál es ahora?

R.– La enfermedad psiquiátrica, cuando yo empecé a trabajar, solo se la podía tratar la gente con dinero, a los que se atendía en clínicas privadas. A los pobres se les encerraba en instituciones dependientes de la beneficencia y luego en manicomios que eran una especie de cárceles terribles. A muchos se les internaba de por vida. Yo empecé mi carrera profesional en la clínica de López Ibor, un hombre de derechas, culto y muy preparado para el nivel que había en esa época en España. La otra figura de la psiquiatría española de referencia, enemigo de López Ibor, era Vallejo-Nágera, heredero de los psiquiatras alemanes nazis. Cuando empecé a trabajar leía a escondidas libros de psiquiatría traducidos que me traían de Argentina y también comencé a psicoanalizarme. ¡Tuve que hacerlo clandestinamente! Me di cuenta en pocos meses de que con Juan López Ibor, el máximo exponente de la psiquiatría española, iba a aprender exactamente lo que no se debe hacer con un enfermo. Freud no parecía interesar mucho a mis maestros de entonces. Pongo un ejemplo que demuestra el espíritu de esa época: el sexo era un tema tabú que este psiquiatra asociaba con el infierno. Cuando un enfermo intentaba explicarnos su sufrimiento por motivos sexuales, don Juan apenas le dejaba hablar y le cambiaba o aumentaba la medicación. Y a otra cosa.

A los pobres les atendía la beneficencia. Más tarde, se construyeron grandes manicomios. El dinero público se despilfarró levantando unas edificaciones mastodónticas para ejercer una psiquiatría represiva que perjudicaba la salud y que, por supuesto, tampoco resultó rentable. Sin ir más lejos, la actual cárcel de Málaga se construyó como manicomio, aunque nunca llegó a funcionar como tal. Muchos médicos de mi generación luchamos para cambiar ese estado de cosas y esa concepción carcelaria en el trato con los enfermos mentales. Los médicos jóvenes de entonces no queríamos trabajar como si fuéramos funcionarios de orden público. Mantuvimos un pulso contra el estado hasta que conseguimos que la enfermedad mental estuviera incluida en la seguridad social. Se trataba de lograr que el enfermo pudiera verse como un sujeto con derecho a ser atendido, en vez de como un individuo al que hay que encerrar por peligro público. Hubo algunas mejoras respecto al franquismo; un mayor respeto por los derechos humanos de los enfermos, que ya no eran encerrados de por vida. Actualmente, la gran mayoría del ejercicio de la psiquiatría coincide con los intereses de los grandes laboratorios farmacéuticos que propugnan el uso de la medicación como única herramienta para tratar al enfermo.

P.– ¿De qué forma va a afectar a los enfermos psiquiátricos actuales y a sus familias las reformas que el Gobierno pretende poner en marcha? ¿Volverá a ser la psiquiatría una disciplina marginal tal como la encontró cuando usted comenzó?

R.– En Madrid, de momento, la movilización ciudadana ha conseguido detener la privatización. Ya veremos lo que ocurre. Pero en el plan de Lasquety se prevé la entrega del gran negocio de la psiquiatría a manos privadas. Por supuesto, según este plan hay un total desentendimiento de los enfermos crónicos. Ellos no son rentables. Que se apañe la familia. Ya no quedará ni la alternativa siniestra de los manicomios. Se volverá al rechazo social, al estigma, a la intolerancia… Hay asociaciones de familias de enfermos mentales pero son entidades subvencionadas y, lógicamente, no pueden morder la mano que les da de comer… De momento, no han dicho ni pío ante lo que se avecina. Pero la familia no es eterna. Podrán proteger a los suyos mientras vivan. Si el plan de la Administración sigue adelante, los enfermos sin recursos acabarán convirtiéndose en gente sin techo. Eso coincide con las ordenanzas de los ayuntamientos del PP de multar a los pobres solo por estar en la calle, ¿Cómo van a pagar esas cuantiosas multas los mendigos? En EE. UU. hay más enfermos mentales en las cárceles que en las instituciones psiquiátricas. Vuelve la cuestión del orden público. Esperemos que haya fuerzas contrarias que se opongan a esta situación y consigan impedirla.

P.–Dice usted en sus memorias que esta sociedad ha incurrido en el error de pensar que el médico privado es más valioso que el público, pero al profesional, para trabajar en el sector público, se le exigen una serie de méritos que no se le piden en el sector privado. La mayoría de los médicos (incluso los de derechas) son contrarios a la reforma sanitaria. ¿Por qué?

R.– El problema es que la privatización amenaza la libertad con la que los médicos trabajan en los centros públicos, donde no se atiende a los enfermos en función de objetivos económicos, sino de salud. Pero claro, como están descapitalizando los centros públicos… los médicos ahora se encuentran en peores condiciones para tratar a sus pacientes. Además en la privada, salvo una pequeña minoría, su salario será menor.

P.– España es el segundo país del mundo con más desaparecidos tras Camboya. La ONU ha instado en varias ocasiones al Gobierno a juzgar las desapariciones del franquismo. Usted ha escrito muchos libros sobre este tema. ¿Cómo afecta esta situación al psiquismo colectivo?

R.– Los fenómenos colectivos como el silencio y la represión han afectado incluso a los vencedores de la Guerra Civil, pero fueron los del bando republicano los que se quedaron en las cunetas sin identificar, con lo que eso supuso para sus familiares. A los muertos del bando nacional se les pudo enterrar y honrar. Hablar del dolor propio libera bastante y no poder contarlo, enferma. Este país todavía no ha superado las cicatrices de nuestra guerra y es así porque durante más de 40 años Franco impuso la paz de los cementerios y el silencio. Todavía hoy sus herederos ideológicos ponen obstáculos para que los familiares de desaparecidos recuperen los cadáveres de los suyos, diseminados por cunetas. En el reciente caso de Marta del Castillo nadie cuestiona esa necesidad de encontrar el cuerpo de la chica para que su familia pueda elaborar el duelo. En cambio, una parte de la población española se pone de uñas cuando familiares de republicanos y simpatizantes quieren recuperar los cuerpos de los suyos y honrar sus memorias. Esto ocurre por el sentimiento de culpa. Ese sentimiento también enferma. Toda la población ha tenido que sufrir de una forma u otra en silencio. Me preocupa la pertinaz persistencia de la «desmemoria histórica» sobre el pasado reciente de este país que, consciente o inconscientemente, tanto ha influido en varias generaciones de españoles. Recuperar el pasado «perdido» u «olvidado» era, y es, fundamental para comprender el presente, tanto colectivamente como en el ámbito individual. Es imprescindible para conocer y reconstruir la propia identidad. Hablar unos y otros es lo que nos permitirá superar el pasado. De eso trato en otro de mis libros: El miedo en la posguerra.

P.– Partidos políticos y sindicatos son protagonistas cada día en los medios de comunicación por sus actos delictivos, pero a la desvergüenza de los políticos hay que añadir lo que parece una amoralidad de quienes les votan. ¿Qué explicación psiquiátrica tiene esta situación?

R.– Los luchadores antifranquistas se jugaban el físico y lo hacían sin subvenciones. Sus herederos se han corrompido. «Te colocamos al hijo», les dicen los de la patronal. Hay muchas formas de corromper a la gente. La corrupción crece y es una mancha que se va extendiendo en toda la sociedad. La ideología dominante es que vale el que triunfa. Lo vemos a diario hasta en los concursos televisivos. El pobre es el que no vale, el perdedor. Hay que enriquecerse, aunque sea robando. Los deportistas, especialmente los futbolistas, son ídolos sociales. Se abomina de la palabra víctima, de identificar a los verdugos, de buscar a los causantes de nuestras desgracias, de señalar a aquellos que se benefician con la crisis. Se achacan todos los males a los mercados, pero ¿quiénes están detrás de los mercados? El aprendizaje de esa actitud de no querer saber empieza muy atrás, cuando Franco murió y le sucedió quien él mismo había designado como sucesor con el título de rey, y su régimen quedó intacto, aunque pronto evolucionara hacia una peculiar reforma democrática que implicaba el «olvido» de todo lo que había sucedido en la Guerra Civil y durante una eterna dictadura; la amnistía para todos los vencedores y la permanencia de ciertos principios fundamentales. No hubo ruptura democrática y se pasó sin solución de continuidad a un régimen formalmente democrático que beneficiaba, de manera abierta, a «los de siempre», incluido Felipe González, personaje sobre el que acepté escribir una biografía psiquiátrica tras los escándalos del referéndum anti-OTAN, Filesa o el GAL. Y descubrí, entre otras cuestiones, que se había fabricado una historia ficticia sobre sus propios antecedentes familiares: había contado que su padre había sido, durante la guerra, presidente del Ateneo republicano de un populoso pueblo sevillano que desde el comienzo de la contienda había sido tomado por las huestes nacionales de Queipo de Llano, cuyas actuaciones represivas eran siempre bien conocidas. Sin embargo, su padre había sido el peón de confianza del Algabeño, famoso por las mortíferas partidas que organizaba para exterminar a los rojos de las comarcas cercanas, que eran «cazados como conejos». Curiosamente, Felipe siempre se había mostrado contrario a una ley sobre la memoria histórica. Hay que acabar con la impunidad de ayer y de hoy, y volver a la lucha ideológica.

P.– Tarragona ha acogido recientemente la beatificación de 522 «mártires» por persecución religiosa en España en el siglo xx. ¿Beneficia psicológicamente la práctica religiosa?

R.– Para los vencidos en la Guerra Civil, a los que se obligó a la práctica religiosa, desde luego que no. La Iglesia de entonces se puso del lado de los vencedores y declaró una cruzada para exterminar y someter a los rojos. Es muy comprensible el anticlericalismo de ciertas clases sociales. En cualquier caso, cuando la religión es obligatoria, no es beneficiosa. De momento, en la crisis que estamos viviendo hoy, los obispos españoles no han abierto el pico más que para mantener sus privilegios. La fe como práctica espiritual parece otra cuestión. Y, desde luego, ha habido algunos curas y los sigue habiendo, aunque sean muy pocos, que se ponen del lado de los que sufren el desempleo, el miedo, el sufrimiento, el hambre…

P.– La monja Sor María, tristemente conocida en toda España por el robo de bebés, acumula ya en torno a 1500 denuncias ante la fiscalía. Ella ya ha fallecido y se lleva muchos secretos al otro barrio, pero había toda una trama de monjas, curas, notarios, enfermeras y médicos. ¿Cómo es posible que pudiera suceder esto en la España «democrática» de los años ochenta y que nadie sea responsable de nada?

R.– El fenómeno comienza en la posguerra y dura 40 años. En la cárcel para mujeres de las Ventas de Madrid, que tenía capacidad para 400 presas, hubo hasta 10.000 en algún periodo. Las mujeres represaliadas por el régimen llevaban a sus niños con ellas y allí morían como chinches. En el año 40 se emitió un decreto que dictaba que los niños, a partir de los 2 o 3 años, no podían permanecer en la cárcel con sus madres. Muchos de esos niños desaparecían definitivamente del mapa. Se entregaban a parejas del bando nacional que no podían tener hijos. Vallejo Nájera preconizaba la separación de los niños de las madres «rojas» para que no les inocularan el «virus marxista». Esta situación supone todo un aprendizaje social en el que las familias con dificultades para tener descendencia acuden a determinadas instituciones sanitarias y carcelarias para obtener bebés. Y lo que empieza como una práctica política y luego social acaba como un suculento negocio donde se vende a los niños engañando a sus madres, sobre todo si son solteras o están pasando por dificultades. De hecho, en el hospital Gregorio Marañón, donde trabajé durante muchos años, el nombre de la monja Sor María sonaba como la referencia para cualquier familia pudiente que quisiera adoptar a un niño por la vía rápida. Y no estaba sola, la avalaban algunos médicos.

P.– ¿Son fiables los psiquiatras?

R.– La fatalidad de la psiquiatría es que no ha podido desligarse del poder. La especialidad médica surge tras la Revolución Francesa como el intento de respuesta ante el fenómeno de la locura. A los locos entonces se les encerraba en mazmorras porque molestaba su conducta. Pero los ciudadanos locos también debían tener derechos. Fue la primera especialidad objeto de preocupación de los políticos.

En España, durante muchos años, los psiquiatras pertenecían al bando vencedor de la Guerra Civil y no eran fiables. Hoy, la corriente defendida por los psiquiatras de EE. UU. con el biologismo y el uso abusivo de medicamentos ha triunfado sobre otras alternativas para tratar al enfermo mental. Las terapias que no son farmacológicas van perdiendo fuerza. Además, a las farmacéuticas se les ha concedido el beneficio de formar a los psiquiatras. Hay muchos intereses…

Nuestro papel es aliviar el sufrimiento y enseñar a la gente a disfrutar, aunque esté sola. La enfermedad mental es en muchos casos un fenómeno sociofamiliar, y muchos enfermos lo están porque siguen enredados en una red familiar patológica y son incapaces de prescindir de ella.

P.– Por último, ¿cómo le ha afectado a usted en su vida su trabajo?

R.– Me he dedicado a la psiquiatría porque me interesa el loco en cuanto ser humano sometido a circunstancias límites que vive muy intensamente. Siempre he deseado aliviar el dolor de los más vulnerables. Eso requiere como profesional olvidarte de que existes y ponerte en función del otro. Hacer eso, durante años, día tras día, llega a afectar a tu vida personal. Ejerces un rol en el que te sientes en ocasiones un poco solo. ¿Quién se pone en mi lugar? El entorno acaba viéndote como «el fuerte» y quedas atrapado en ese papel, cuando lo cierto es que todos necesitamos, aunque sea en contadas ocasiones, un momento para reclinar la cabeza sobre alguien y ser consolados.

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